BIENVENIDO A "LA HERIDA DE GALOIS"

Un blog de opinión en distintos temas de sociales, cultura contemporánea, popular, verso y narrativa en general. Debo aclarar que con cada extracto literario de a continuación, no se pretende afectar los sentimientos de terceras personas sino promover la libertad de expresión de ideas y la apertura al debate.

Esperando que sea de su agrado, le ofrezco una cortesana bienvenida a mi mente.

J.M. Gómez.


La primera vez que ves un monstruo

 Por: J.M. Gómez


Nunca se olvida la primera vez que ves un monstruo.

Lo recuerdo bien; era para estas fechas, cuando se comienzan a sentir los fríos de otoño y en el horizonte se pinta la folclórica —para algunos— y misteriosa —para otros— celebración del Día de Muertos.

Yo tenía entonces 5 años y vivía en un cuarto de la casa de mis abuelos, donde dormía con mi madre. La casa estaba en un pueblo bucólico, donde las personas mayores contaban mitos y leyendas de horrores antiguos, y las creencias tenían tanto valor como las religiones.

La cama en la que dormíamos era de tamaño "queen", situada frente a la puerta del cuarto y encajada entre dos paredes para que yo no rodara hacia la orilla, siempre fui un niño muy inquieto. En la otra orilla de la cama, que quedaba libre, había un antiguo estante de madera con dos puertas adornadas con espejos. Este estante estaba pegado a la pared perpendicular a la cama, de tal manera que, al acostarnos, tapaba completamente la puerta del cuarto.

Los fines de semana solía dormir más tarde de lo usual, aprovechando el tiempo para hacer muchas cosas, esas a las que le damos tanta importancia en la infancia. Aquella vez eran alrededor de las 11:30 de la noche de un viernes bastante frío, y yo estaba recostado contra la cabecera de la cama, leyendo un cómic de Batman, muy concentrado. Mientras hojeaba las coloridas páginas, atento a las aventuras del héroe de Ciudad Gótica, escuché el crujido —ya conocido para mí— de la vieja puerta de roble que, con el tiempo, se había debilitado de sus bisagras y ahora se arrastraba levemente por el suelo. Pensé que mi abuelita venía a darme su habitual mensaje de buenas noches, como solía hacerlo cuando pasaba a buscar un vaso de agua en la cocina y veía la luz del cuarto encendida.

Puse el cómic abierto boca abajo sobre mi pecho y me incliné para que mi vista esquivara la masa de madera que era el estante de roble, asomando la vista hacia la puerta del cuarto.

Mi cuerpo quedó casi inmóvil al ver a aquel ser de alrededor de dos metros que acechaba mi cuarto. Sus grandes ojos amarillos, como de felino, giraban 360 grados, observando toda la habitación, como buscando algo perdido. Su enorme y ancha cara, semejante a la de una lechuza, estaba cubierta de un blanco pelo viejo, largo, y enredado. Una mano, cubierta de tanto pelo que no se distinguían los dedos, sostenía la puerta semiabierta.

Estaba pasmado, sentí un frío intenso y desesperación. No entendía qué pasaba ni qué era ese ser. Fueron segundos, tal vez dos o tres, mientras sus ojos terminaban de escanear mi cuarto y se dirigían hacia mí. En una milésima de segundo, antes de que nuestras miradas se cruzaran, no sé si fue el gran miedo o mi instinto de supervivencia, pero me arrojé hacia atrás, me acosté de golpe y me cubrí por completo con la sábana, fingiendo estar dormido mientras rezaba las dos únicas oraciones que sabía a mis 5 años: el "Padre Nuestro" y el "Ángel de mi Guarda". Al terminar de orar, las luces se apagaron y escuché de nuevo el crujido de la puerta al cerrarse.

Al día siguiente, sábado, mi madre me despertó con el ruido que hacía. Al abrir los ojos y sacar el cómic de Batman, arrugado bajo mi cuerpo, vi a mi madre barriendo enérgicamente pelos blancos. Cuando se dio cuenta de que ya estaba espabilado, me dijo: "A alguien se le olvidó sacar al perro".


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