ALEGORÍA DE LOS TRES AMIGOS
Por J.M. Gómez
Una ocasión, la cosa se puso fea. Una sequía tremenda dejó a Tomás sin cosechas. Desesperado, fue con su amigo Genaro a pedir ayuda.
—Oye, Genaro, préstame tantito para comprar semillas. Te lo pago en cuanto salga de esta.
Pero Genaro, aunque tenía la caja fuerte llena, se hizo el sordo.
—No, compadre, no puedo. Los negocios andan flojos. Mejor búscale por otro lado.
Sin otra opción, Tomás fue con su amigo el alcalde al ayuntamiento.
—Pedro, viejo, échame la mano. Si no me ayudas, pierdo mi terreno.
Pedro, mientras firmaba papeles y sin voltearlo a ver le respondió:
—No puedo, Tomás. Si te ayudo a ti, luego todos van a querer. Aguántate, ya sabes cómo es esto.
Tomás regresó a su casa con la pura rabia, pero no se dejó vencer. Se juntó con otros campesinos que estaban en la misma situación, y entre todos se ayudaron a salir adelante. Compartieron lo poco que tenían y, con el tiempo, levantaron las cosechas.
Un año después, una epidemia pegó duro en el pueblo. Genaro estaba perdiendo la clientela, y Pedro tenía al pueblo encima, reclamándole por su incompetencia. Los dos, bien desesperados, fueron a buscar a Tomás.
Primero llegó Genaro:
—Amigo, ayúdame con tus cosechas, dámelas a crédito. Si no tengo mercancía para vender, me voy a la quiebra pronto.
Luego apareció Pedro:
—Tomás, el pueblo está en caos. Necesito que tú y tus campesinos nos echen la mano, o esto se hunde. Que calmen a sus conocidos y comenten que pronto la situación mejorará.
Tomás los miró, bien tranquilo pero con los ojos llenos de recuerdos. Luego soltó:
—Cuando yo necesité, ustedes no movieron ni un dedo por mí. Ahora que las cosas están al revés, vienen de rodillas. Pero ¿saben qué? Yo me debo a los que sí estuvieron conmigo, no a los que se lavaron las manos.
Genaro y Pedro se fueron con la cara larga y frustrados. Sin la ayuda de Tomás, el negocio de Genaro cerró, y el alcalde Pedro fue echado del puesto por el mismo pueblo que antes lo había apoyado.
Tomás siguió con su comunidad de campesinos, recordando que los verdaderos amigos no solo están para los buenos momentos, sino también para cuando se necesitan.
Moraleja: La vida da vueltas compadre. Hoy estás arriba y mañana quién sabe. Si no ayudas cuando puedes, no esperes que te echen la mano cuando tú lo necesites.
El poder ayudar es algo que siempre cambia de manos. Debemos ir por la vida construyendo manos amigas porque no sabemos cuando necesitaremos de una.
¡Arrieros somos y en el camino andamos!

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