EL PODER DE LA PALABRA
Por: J.M. Gómez
Recuperado de: Taibo, B. (2011). Persona Normal [capítulo 3: De cómo sobrevivir en una isla desierta]. Editorial Planeta.
—¡Viernes! ¡Ya son las siete y cuarto, no vas a llegar a la escuela! Amodorrado, arrastrando los pies, quitándome las lagañas de los ojos, veo a mi tío trasegando con sartenes y cubiertos en la cocina. Estoy enojado, muy enojado.
—No me llamo Viernes, tío Paco. Me llamo Sebastián.
—Nop. Hoy te llamas Viernes. Y yo me llamo Robinson. Pero me puedes decir «jefe».
—¡Estás loco! ¡Jamaaaaás te voy a decir «jefe»! ¿De qué hablas? ¡Además hoy es sábado y los sábados no hay escuela, carajo!
—Bonita palabra. Ya hablaremos luego de lo que significa. ¿Porque no lo sabes, verdad? —y lo miré desde mis doce años, apretando firmemente los labios por única respuesta.
—Tranquilo, siéntate allí —y señaló una banca de madera en el barra que separa la cocina del pasillo. Lo hago a regañadientes. Nunca había dicho carajo en voz alta, no mientras mis padres vivían. Ha puesto frente a mí un plato que tiene dos huevos estrellados, pero en vez de clara, las yemas están perfectamente puestas en los huecos de sendas rebanadas de piña en almíbar.
—¿Qué es esto?
—Mis famosísimos «huevos tropicales». ¿No es notorio?
—Y, ¿por qué vamos a comer tus fa-mo-sí-si-mos huevos tropicales?
—Aaaay, Viernes. Porque eso es lo que se come en las islas desiertas. Lo que hay, pues.
Hice acopio de toda la paciencia que puede tener un niño de doce años y en vez de pegar dos o tres gritos, insultarlo o irme a mi cuarto a dar un portazo sonoro y contundente, probé, a regañadientes, los huevos tropicales.
Y puedo decir que estaban buenísimos. El pan tal vez demasiado tostado, pero el tío insistió en que en las islas desiertas «así es el pan tostado», con lo cual te dejaba muy pocos argumentos para rebatirle. También había jugo de guayaba mezclado con ginger ale y hielo y mermelada roja.
—¿Mantequilla? —pregunté, empezando a divertirme con el juego.
—En esta isla desierta no hay vacas —respondió sin dudar.
—¿De dónde salió el ginger ale? —dije socarronamente.
—Del refri —dijo, restándole importancia—. Además, ¿qué tiene que ver la leche con el ginger ale? Ésa fue una pregunta totalmente fuera de lugar.
De acuerdo, le voy a seguir el juego.
Estamos en una isla desierta donde no hay vacas, pero sí refrigeradores y huevos con piña y mermelada roja y ginger ale. Él se llama Robinson y no le diré jefe aunque me haga manita de puerco, y yo soy Viernes, ni modo, sólo un rato. Me llamo Sebastián. Una sola cosa me seguía dando vueltas en la cabeza mientras miraba el reloj de la cocina que marcaba poco más de las 7.20 de la mañana.
—¿En esta isla desierta, hoy es sábado? —pregunté mordiendo un trozo de pan con mermelada y huevos con piña.
—Claro, es sábado como en el resto del mundo —dudó un instante—. Bueno, no. En algunos lugares ya es domingo y en otros viernes al filo de la medianoche. Depende de los husos horarios. No sé exactamente qué hora es en Mindanao. ¿Quieres saber la hora exacta de Mindanao? Porque puedo averiguarlo.
—No. No quiero. Hoy, aquí es sábado. Por lo tanto, no hay escuela, como en el resto del país con este mismo huso horario —afirmé sabihondo.
—Eso no es del todo cierto, Viernes —dijo él mientras bebía a grandes y sonoros sorbos de su vaso.
—¿O sea?
—O sea, que hoy vas a aprender aunque no haya escuela. ¿Quieres leche?
—Ohhh, ¿no que no había vacas?
Y, capturado en falta, por un instante lo hice trastabillar en su interpretación, salir del ensueño. Pero hábil como pocos, volvió a su papel casi sin transición.
—Es leche en polvo. ¿Quieres o no quieres leche? ¡Carajo, Viernes! Y yo estallé en carcajadas, cayéndome del banco y descubriendo que sí, sí había escuela y seguramente muchas cosas por aprender.
—¡Dijiste carajo! Ésa es una mala palabra —le espeté en medio de un ataque de risa que me impedía casi hablar.
El tío, muy serio, salió de la cocina y se fue a su habitación, escaleras arriba, para volver, minutos después con un birrete polvoriento sobre la cabeza, de ésos que usan los alumnos cuando se gradúan en las preparatorias gringas y que me he cansado de ver en la televisión. Traía dos tomos de enciclopedia, gordos y grandes entre las manos. Temí lo peor. Yo esperaba que me recetara los significados de la palabra y su origen latino, pero no. Los plantó en el suelo y se puso de pie sobre ellos. Ya no era Robinson. Empezó a hablar como maestro, engolando la voz.
—No, no es una mala palabra. Es sólo una palabra. Las palabras, bachiller, están acompañadas por la intención que se les quiera dar. ¡Ejemplo! Diga usted ahora mismo (y me señalaba con el índice de la mano derecha) cualquier palabra, la que desee, vamos, ¡sin miedo!…
Lo dudé. Tampoco es que yo fuera un diccionario… ¡tan sólo tenía doce años!
—¡Escorbuto! —grité. Me pareció lo suficientemente exótica y acababa de escucharla en la clase de historia. Es una enfermedad que le daba a los marineros por no comer vegetales y frutas frescas durante las largas travesías y que hacía que se les cayeran los dientes.
Contra lo que me esperaba, el tío no murió de la risa, por el contrario, se puso muy serio, me miró fijamente a los ojos y dijo:
—¡Estoy hasta el escorbuto! ¿Qué me mira, pedazo de escorbuto? ¡Va usted a seguir haciendo escorbutadas! —bajó del pódium enciclopédico y vino a sentarse a mi lado. Yo estaba un poco asustado por el tono que había empleado, brusco y violento, jamás lo había visto así.
—¿Ehhhh?
—Sí, sí. ¿Cuánto escorbuto más tendré que aguantar?
—Pues… ninguno. Escorbuto no es una mala palabra, es una enfermedad —le aclaré, usando el tono de voz más suave que pude, pensé que tal vez no me había comprendido.
—¡Ahhh! Usted está entendiendo perfectamente la lección del día de hoy. Las palabras, dependiendo del tono y la intención, cobran significados distintos. Si se dicen con mala fe, intentando herir, incluso las palabras aparentemente más sencillas pueden volverse horrorosas. Pero en el fondo, no son más que palabras.
—Pero hay algunas que cuando se dicen, todo el mundo se escandaliza.
—Porque no saben lo que significa. La gente le tiene muchísimo más miedo a las palabras que a los cañones. Las palabras han hecho revoluciones, puentes, caminos. Han logrado que la gente se enamore o se odie para siempre. Hay palabras grandes como monocotiledónea o gastroenterólogo y pequeñitas pero poderosas como paz. Importantes como justicia, imprescindibles como vida, valiosas como sueño, muy poco significativas como dinero… Lo importante es cómo se usan y qué se quiere decir cuando se usan.
—¿Ejemplo? Necesito un ejemplo —insistí.
—Va. «Maestro, es usted un imbécil». Si lo dices en medio del salón de clases, ¿qué crees que pasaría?
—Que no me dejarían volver a entrar a la escuela en la vida —contesté riéndome e imaginándome la escena.
—Cierto. Por eso hay que evitarlo. Aunque lo pienses. Imbécil es una palabra suave que puede ser muy fuerte. No necesariamente hay que gritarla.
—Pero puede sonar terrible.
—Ese es el ejemplo. Cuando algo suena terrible es porque se está diciendo con la intención de que suene terrible. Por eso hay que pensar antes de decir y nunca dejar de decir lo que se piensa. Pero elegantemente: «Maestro, no coincido con su apreciación acerca de los posibles errores cometidos por Napoleón en Waterloo». Sí lo dices así, los demás van a escuchar, incluso si el maestro es un imbécil. ¿Entiendes la idea?
—Entiendo, Robinson, entiendo. Considero que usted cometió una imprudencia al despertarme en sábado. Y sin embargo, creo que esta escuela me gusta más que la otra.
—¡Bien! Se acabaron las clases. ¿Vamos al cine?



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