EL RETRATO DEL SIGLO
Por: J.M. Gómez
Era una tarde calurosa del mes de julio. Mientras la abuela se encontraba con su ritual diario de custodiar la puerta de la casa, disfrutando la brisa marina y saludando a los amigos que pasaban por la casa en su rutina peatonal; yo decidí arreglar la vieja bodega para encontrar un espacio donde pueda guardar mis medallas de la secundaria, digo, qué tal si eran las últimas medallas de buen desempeño que sacaría antes de pasar a la prepa, uno nunca sabe qué nos depara el futuro.
Así mientras escarbaba en un mar de cajas de aquel cuarto oscuro y levantando nubes de polvo con cada movimiento que hacía en busca de un lugar ideal para mis preseas, apareció delante de mí un cuadro extrañísimo.
La imagen de aquel retrato plasmaba el centro de la ciudad en un momento donde todas las personas andaban de aquí para allá con su boca resguardada por un pedazo de tela como si fueran ninjas japoneses.
-¿será uno de esos famosos carnavales que alguna vez hubo en el puerto de los que tanto hablan los más ancianos? -pensé.
Tome el cuadro mientras mil ideas revoloteaban en mi cabeza y fui hasta la entrada de la casa donde mi querida abuela seguía bailando con la brisa y regalando una mirada perdida hacia el horizonte asfáltico de la calle; pensativa, nostálgica, tal vez recordando toda una vida pasada. Interrumpí su memoria y le pregunté:
-Mamá Conchita, encontré este cuadro en la bodega, me ha llamado la atención, reconozco el lugar, más no el tiempo; es el Parque de lndependencia, pero ¿por qué todos llevan su boca cubierta? ¿es un cuadro que refleja algo real?
La abuela miró aquel dibujo, me acarició el fleco y con los ojos cristalinos dijo:
- Hijo, claro que si es un cuadro de un momento en la realidad de Progreso, pasó hace 62 años, yo apenas era una joven como tú. Una enfermedad mortal cayó sobre el mundo y mató a mucha gente. Fueron muchos los caídos, de todas clases sociales y razas, está plaga arrasó con la humanidad para recordarnos que Dios se cansa de ver al hombre destruir al hombre.
-Cuéntamelo todo abuelita.
Entonces la mirada de la abuela se tornó melancólica y continuó.
-Cuando comenzó la enfermedad nadie creía en ella, líderes políticos la menospreciaron, la gente se burló de ella y hasta hombres de ciencia pifiaron en sus teorías. A los pocos días, la gente comenzó a morir, la incredulidad se convirtió en miedo y llanto, y, toda la realidad que conocíamos cambio en segundos. El Coronavirus había dominado al mundo. - La abuela suspiró y continuó.
-Aquí en el puerto, murieron muchos, conocidos, amigos, gente querida por la sociedad - siguió la abuela con la mirada perdida y voz entrecortada. - Los difuntos eran cremados para evitar contagios y no había velaciones, eran tiempos difíciles hasta para morirse. Yo perdí a mi padre.
La abuela recuperó la compostura después de un momento y siguió su historia.
-Llegó un momento en que el “cubre-bocas” pasó a ser de un instrumento de protección a una prenda de moda, al principio era visto como un ser raro el sujeto que traía uno, pero días después raro era quien no lo traía. La higiene fue un hábito que aumentó en cada hogar, y, los saludos afectivos como el beso y darse la mano quedaron en el olvido dando lugar al saludo con el puño o el codo. Muchos negocios quebraron y el patrimonio de familias enteras se hizo polvo. El trabajo y la escuela comenzaron hacerse desde casa aprovechando todo el potencial de la tecnología entrando a una realidad alterna de la sociedad, una realidad sin afectos ni humanidad. - Con un semblante rudo hizo una pausa y continuó. - Así, pasó un año hasta que los rusos descubrieron una vacuna y todo comenzó a mejorar, sin embargo, el daño de tener una silla ocupada menos a la hora de la comida era irreparable. Hoy, 6 décadas después, tenemos como herencia una lección de vida que nos dejó el Coronavirus del 2019, debemos tener disciplina como sociedad o caeremos como individuos.
Terminando sus palabras mi abuela me abrazo me dio un beso en la frente y me dijo. - Anda, ve abrazar a tu mamá, y dale un fuerte apretón de mano a tus amigos la próxima vez que los veas, porque no sabemos cuando volverá un coronavirus que nos quite el privilegio de ser humanos.



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