El Bastón
Por: JM Gómez
Anoche mi papá me acompañó a comprar algo, no recuerdo qué. Fuimos a una plaza rodeada de comercios, similar al parque principal de Mérida.
Yo deambulaba, buscando con desesperación. Él, desde el centro del lugar, me observaba a la distancia sin quitarme los ojos de encima, mientras yo iba de tienda en tienda.
Entre tantas cosas, vi unos bastones de colores. Decidí tomar uno azul para él, porque sus rodillas ya no le respondían bien y tropezaba mucho al caminar.
Cuando estaba por pagar, recordé que no le gustaba usar bastón. A pesar de necesitarlo, su orgullo siempre había sido más fuerte.
Así que lo dejé y sin comprar nada más, volví junto a él.
—Vi que tenías un bastón en las manos, ¿por qué no lo trajiste? —me preguntó con una sonrisa leve, la misma que siempre usaba cuando formulaba una pregunta con cierta picardía.
—Ah, ahora voy por él —le respondí sin dudar y regresé por el bastón que había elegido.
Se lo llevé. Lo agarró con fuerza y asintió con la cabeza, en un gesto de agradecimiento, antes de que nos fuéramos caminando. Él, con un paso complicado, y yo, cuidando su andar.
Llegamos a un parque y nos sentamos en unas bancas rodeadas entre áreas verdes y juegos infantiles.
—¿Cómo has estado? —me preguntó—. ¿Cómo está tu mamá? ¿Qué hay de nuevo? Cuéntamelo.
Platicamos de los últimos 6 años. Y así, mientras él sonreía escuchándome atento yo abría mis ojos con algunas lágrimas de nostalgia en el amanecer de un nuevo día.



Comentarios
Publicar un comentario